Espacio cultural
Chiloé y sus leyendas
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Cruzar el canal de Chacao, el mismo donde murieron tantos españoles intentando anexar nuevas tierras a las ya conquistadas, es entrar en un mundo mágico, envuelto casi siempre en la sutil niebla del sur: el archipiélago de Chiloé. Esquivo y distante, ese casi final desmembrado del continente, que parece flotar indiferente al resto del mundo, recién en 1826 pudo ser incluido como territorio chileno. Esta singularidad hizo que Chiloé creciera entre mitos y leyendas propias que perduran hasta hoy. Sus casas construidas con tejas de madera, el olor de la leña húmeda quemándose en las chimeneas, el frío que se combate con un buen curanto, ese aroma fuerte de carnes y mariscos cocinado en el vientre mismo del campo, confundiendo en su caldo la eterna conjunción, mar y tierra, que lo impregna todo, los barquitos rudimentarios de los pescadores, los rostros agrietados por el viento helado que sopla desde el polo sur, los gruesos abrigos de lana que se tejen aun en rudimentarios telares. Es un mundo cadencioso, que se mueve con esa música única en la que los chilotes se identifican, hablan, cantan, cuentan, como si todo en las islas estuviera en perpetuo movimiento.
Como Cai-Cai y Ten-Ten. Las dos fuerzas motrices del universo, lo positivo y lo negativo, fuerzas opuestas que giran y giran en una constante lucha telúrica, lucha que es el origen mítico de Chiloé. Cai-Cai es el mar y Ten-Ten la tierra, disputándose por siempre el poder sobre Chiloé. Se los representa como reptiles míticos. Cai-Cai, con su piel de agua de mar, invadió las tierras bajas sepultando en las profundidades a sus habitantes, hasta que vino el Ten-Ten para salvarlos. Subió a sus gentes en su largo lomo y los transformó en aves para que tuvieran el poder de volar. Así los chilotes pudieron escapar de Cai-Cai y llegaron a las tierras más altas, donde el reptil de agua no pudo alcanzarlos en las cumbres donde se refugiaron. Pero no por eso cesó la lucha cruenta y larga, ya que ninguno de los dos reptiles se conformaba con sólo una parte del botín. Las aguas bajaron. Los animales se transformaron nuevamente en seres humanos y los que no pudieron alcanzar las cumbres de los cerros fueron lobos para siempre y aun se los puede sentir deambulando y aullando en las noches de luna. Pero Cai-Cai consiguió que los valles se convirtieran en canales y golfos y los cerros en islas y todo el lugar se transformó en un archipiélago de gran belleza.
Sin embargo, Ten-Ten no descansa, vive en alerta, ya que Cai-Cai no ceja en su intento, siempre está amenazante, escurriéndose por las orillas, azotando las costas, introduciéndose ante el menor descuido. Y los chilotes, aunque se saben protegidos por el Ten-Ten, reverencian y temen el poder de Cai-Cai.
Mireya Keller
Nació en Santiago de Chile, donde se licenció en Filosofía. Junto a las escritoras Zulma Fraga y Elvira Latrónico integra Las del Piso 12, grupo dedicado a la difusión de la literatura y de nuevos escritores, a través del programa de radio Contextos, que se emite desde 1996 por FM 97.9 Radio Cultura, del Certamen Internacional Contextos de Relato Breve, en su VII edición y desde el 2001, de la Editorial Piso12. Ha ganado numerosos premios literarios tanto en Argentina como en el extranjero. Entre sus libros publicados: El sol tenía escote en V, Primer Premio Cuentos de mi País, Santiago de Chile, 1987. En el tren de los muertos, Mención Novela, Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires, 1998. El ojo en la cerradura, (incluye cuento finalista Concurso de Cuentos Avon, Buenos Aires, 1994. Veranos turbulentos, (incluye Segundo Premio Concurso Fundación Victoria Ocampo, Buenos Aires, 2002).