Ediciones Médicas / Misceláneas / Espacio cultural / Apuntes sobre música argentina



Right menu

  • Editor Enrique M. Otharán
Publicidad
Banners de intercambio no rentables
Powered by eZ Publish

Espacio cultural

Apuntes sobre música argentina


El destacado musicólogo austriaco Kart Pahlen residió entre nosotros muchos años y luchó infatigablemente por el despertar musical de los niños, por el desarrollo de su percepción y sensibilidad. Lo logró a través de clases, libros, conferencias y, además, por medio de su delicioso e inolvidable programa de televisión, que si mal no recuerdo se llamaba "Todos a cantar." Él creí­a que la música elevaba el espí­ritu; que era bueno que los niños aprendieran muchas canciones y, que conocer la música del paí­s propio y de otros pueblos, crearí­a una ví­a posible de mutuo conocimiento, que ayudarí­a a una convivencia pací­fica.
El desarrollo musical de los pueblos es una tupida red de múltiples hilos, de aportes diferentes, que van construyendo la tipicidad y originalidad de cada paí­s, de cada cultura.
Una reseña, a vuelo de pájaro, sobre nuestra música nacional desde sus orí­genes, es apasionante. Aunque obligue, en forma inevitable, exponer una larga lista de fechas y nombres. Quizá a través de ella sea posible vislumbrar la gestación y el desarrollo de una bella realidad que hoy tenemos y que lamentablemente no es tan conocida ni disfrutada como lo merece.
Quizá, también, sea posible darse cuenta porqué Argentina tiene tantos creadores notables en todas las ramas del arte, en realidad. Y en todas las ramas del arte musical en especial, en este caso. Un folklore muy atractivo, el tango, que triunfa por doquier, en paí­ses tan inimaginables como Finlandia o Albania, amén de todos los que ya conocemos, compositores e intérpretes valiosos, muchos de los cuales integran orquestas importantes en Europa, Estados Unidos y América Latina.
Por todo ello parece importante intentar contar lo que ocurrió en nuestro paí­s.
El primer fundador de Buenos Aires, en 1536, Don Pedro de Mendoza trajo músicos e instrumentos en su expedición. Pero también los originarios habitantes de estas tierras hací­an música, su música. Fabricaban sus instrumentos con los materiales que tení­an a su alcance: cañas, huesos, madera, barro cocido. Me refiero a los pueblos diaguitas, calchaquí­es, charrúas, querandí­es, entre otros. Cuando llegaron los jesuitas, a fines del siglo XVI, y fundaron sus misiones, se inició una fructí­fera tarea educativa, muy amplia, incluyendo la música y la arquitectura. Doscientos años duró su tarea. Produce una gran emoción visitar las ruinas de San Ignacio, en Misiones, un mágico lugar de aire puro y esplendor vegetal, y caminar por lo que queda de la antigua sala de música. Durante todos esos años fueron llegando muchos maestros, especialmente españoles e italianos. Y también de otras procedencias. Bastarí­a citar un sacerdote oriundo del Tirol, el padre Antonio Sepp, que falleció en 1733 y que fuera integrante del Coro Imperial de Viena. Merece un recuerdo especial, pues trabajó en San Ignacio con los indí­genas y convirtió a esa misión en el gran centro musical que fue. Logró tener una orquesta de casi noventa músicos y enseñó lutherí­a.
Otro músico importante fue el organista italiano Domenico Zippoli, fallecido en l724. En 1988 se descubrieron partituras suyas que fueron grabadas.
La música que traí­an los conquistadores era de variada í­ndole. La música litúrgica, vinculada a los servicios religiosos, músicas marciales que se ejecutaban con trompetas, pí­fanos y tambores o cajas de guerra y las canciones populares propias de sus regiones de origen.
Según relata Vicente Huidobro, en su magní­fica Historia de la Música Argentina, en 1585, la iglesia de Santiago del Estero tení­a un órgano. Hoy en dí­a uno asiste con toda naturalidad a un concierto de órgano en la iglesia de Santa Felicitas o en San Juan Bautista, o en templos de otras religiones; pero cuando se piensa que en l680, por ejemplo, la iglesia de Humahuaca tení­a un órgano, traí­do desde Potosí­ y costeado por vecinos y arrieros, uno no puede dejar de sorprenderse y admirarse.
Córdoba fue otro centro cultural y musical durante los siglos XVII y XVIII. Fundada en l573, tuvo su Universidad en l622 y poco tiempo después su Academia de Música. Hay constancias documentales que nos hablan de veladas musicales que se hací­an a fines del siglo XVII y a comienzos del XVIII con el patrocinio del Deán Funes y del virrey Sobremonte. Esos documentos hoy no están en nuestro paí­s. En l984 fueron adquiridos por la Universidad de Princeton, New Jersey, Estados Unidos. Vale decir, que sobre todo el perí­odo colonial hay documentación, archivos, cartas, relatos de viajeros.
Habí­a actividad musical en todos los centros del Virreinato. En Buenos Aires, en particular, habí­a claves, clavecines, pianos, en las casas de familias acomodadas, y si bien a todos nos es familiar la imagen de Mariquita Sánchez de Thompson cantando por primera vez el Himno Nacional en mayo de l8l3, las tertulias musicales eran frecuentes en muchas casas. También se asistí­a al teatro, desde del de la Rancherí­a en adelante. Eso merece otro apunte.
Pero siguiendo con la música debemos mencionar que llegaban compañí­as de opera italiana y que por ejemplo, "El Barbero de Sevilla" de Rossini se estrenó en Buenos Aires, en 1825, en el teatro Coliseo, fundado en l804 y que paso a llamarse Argentino a partir de l838.
En 1822, Rivadavia habí­a impulsado la creación de una escuela de música. Aunque sea brevemente hay que mencionar a los cuatro grandes precursores de nuestra música nacional.
Juan Pedro Esnaola, era comerciante. Amaba la música. Componí­a y fundó con su tí­o Juan Antonio Picasarri una de las primeras escuelas del paí­s. De él dice Ricardo Rojas, en su participación de la Historia Argentina, de la Academia Nacional, refiriéndose a la obra de Esnaola: "Es la más rica y cuantiosa del siglo. Desde el réquiem y la sinfoní­a, hasta la canción y la danza. Escribió para órgano, piano, voces, guitarra." Aún se conservan sus composiciones.
Juan Bautista Alberdi, el pensador ilustre, compuso valses y minués, y curiosamente, un "Manual sobre un método nuevo para aprender a tocar el piano con toda facilidad". Quien dirí­a, el autor de una obra fundamental que fue la base para la Constitución del 53.
Juan Crisóstomo Lafinur, poeta, filósofo, periodista, fue un músico malogrado por una muerte temprana. Falleció a los veintisiete años en 1824.

Amancio Alcorta "polí­tico de larga actuación, músico de entrañable sentir" compuso valses, nocturnos, minués...
Luego vendrí­a una notable pléyade de creadores. En alguna otra ocasión procuraremos rendirles el tributo y la gratitud que merecen. Artistas que se formaron en nuestro paí­s, de tan ricos antecedentes, que luego estudiaron con maestros importantes en Europa y en su mayorí­a retornaron y siguieron creando y enseñando.
Con alguna excepción, como es el caso del músico argentino más apreciado internacionalmente, el maestro Alberto Ginaestera, que luego de la prohibición de su ópera Bomarzo, sobre libro de Manuel Mujica Láinez, se quedó definitivamente en Europa y hoy sus restos descansan cerca de los de otro ilustre argentino: Jorge Luis Borges.


Ultima actualizacion: lunes 21 de mayo de 2012, 7:06 pm