Biografías de médicos
Dr. Francisco Javier Muñiz
De alma elevada, espí­ritu emprendedor y tenaz este precursor de la ciencia argentina, es considerado el primer sabio argentino. Dotado de voluntad férrea para el trabajo, se dió a la tarea de estudiar en la propia naturaleza los fenómenos sobre los que no existí­an aún explicaciones satisfactorias. Habí­a estudiado paleontologí­a, medicina, geologí­a, veterinaria y ganaderí­a.
Exaltado el afán de servir a la patria, a la par que a la humanidad, aparce como cirujano en los campos de batalla, restañando sangre y mitigando sufrimientos, ostentando en su propio cuerpo las heridas que recibió a cambio de esa consagración.
Francisco Javier Thomas de la Concepción Muñiz, nació en el Pago de Monte Grande, actualmente partido de San Isidro, el 21 de diciembre de 1795.
Fueron sus padres Don Alberto Muñiz y Dª. Bernardina Frutos.
Trasladado a Buenos Aires para su mejor educación, ingresó al Colegio San Carlos. A la edad de doce años, sacudido su patrotismo por la noticia de las invasiones inglesas, se alistó como cadete en el cuerpo de andaluces y fue herido de bala en las calles de la ciudad, durante la heroica defensa de 1807.
Una vez curado, se dedicó a sus estudios bajo la dirección del canónigo José León Benegas, uno de los doce ciudadanos que formaron en 1812 la Sociedad Patriótica Literaria. Su influencia lo llevó a incorporarse a la fracción liberal y renovadora de la Revolución de Mayo que lideraba el esclarecido Mariano Moreno. Con 17 años y mucho ardor patriótico, se consagró a la causa pública y, con las ideas de Banegas, redactó el célebre manifiesto en el que se invitaba a las provincias integrantes del Virreinato a declararse independientes del gobierno metropolitano.
Inscripto en el Instituto Médico Militar, tuvo como maestros a Cosme Argerich, Francisco de Paula Rivero y Agustí­n E. Fabre. Recibió su diploma de médico en 1821 y fue nombrado médico segundo en la guarnición de Patagones.
En 1825, el general Soler lo designó médico cirujano del cantón de Chascomús. Allí­ realizó detenidas observaciones sobre las costumbres indí­genas. Su instinto de naturalista se despertó cuando observa unos restos fósiles encontrados en las cercaní­as de la laguna y de los rí­os aledaños. Así­ comenzaron los primeros trabajos de la paleontologí­a argentina: poco después armó los restos de un cliptodonte y descubrió el Dsypous gigantes. También en Chascomús comenzó sus estudios sobre la vacuna antivariólica.
Cuando en 1826 estalló la guerra con Brasil fue médico y cirujano principal, con el grado de teniente coronel, participando en la batalla de Ituzaingó. En 1827 se retiró de la Sanidad Militar y se dedicó a las cátedras de partos y de medicina legal.
En 1828 contrajo enlace con la Srta. Ramona Bastarte y poco después se instaló en Luján como médico de policí­a, cirujano del Regimiento 2 de Caballerí­a y encargado de administrar la vacuna en ese Departamento. Allí­ permaneció 20 años por razones de salud. Asistió a los enfermos militares y a los pobres, muchas veces costeando de su peculio las medicinas necesarias. Él fabricaba los medicamentos e inventaba algunas fórmulas farmacéuticas.
En Luján tuvo el centro de sus investigaciones paleontológicas. Entre 1830 y 1840 vivió en una casa vecina al Cabildo, que aún se conserva y aloja el Museo Histórico de Luján.
Pese a su frágil salud, constantemente removí­a las barrancas del rí­o vecino, en busca de los fósiles que posteriormente clasificaba con infinita paciencia.
En septiembre de 1841, Muñiz encuentra el cow-pox en una vaca de una estancia de Luján, hallazgo quecomunicó rápidamente. Por su entusiasmo por difundir la vacuna, Luján se convirtió en un puesto de lucha contra la viruela: desde allí­ Muñiz distribuyó la vacuna por los cantones y fuertes cercanos.
En 1844 se produjo el hallazgo paleontológico de mayor valor: el tigre fósil. Le dio su nombrey lo denominó Munifelis bonaerensis. Comunicó su hallazgo a sabios como Carlos Darwin y Geoffrey St. Hilaire y a las Academias europeas.
Ese año, llegando a los 50 años recibe el grado de Doctor y vuelve a Buenos Aires donde se instala con su familia.
Fue premiado con la medalla Berzelius y nombrado Caballero de la Orden de Wasa por el Rey Carlos de Suecia y Noruega.
Mantiene una nutrida e ininterrumpida correspondencia con Darwin, que estaba muy intresado en sus trabajos. Los estudios de Muñiz sobre la escarlatina, por ejemplo, fueron presentados por Darwin en el Real Cuerpo Médico de Cirujanos de Londres.
En 1847 concluyó sus "Apuntes topográficos del territorio y adyacencias del Departamento del Centro de la Provincia de Buenos aires, y con algunas referencias a los demás de su campaña". En este trabajo alterna el geólogo, el observador de costumbres y el médico sociólogo.
En 1853 fue diputado y en 1855 Presidente de la Facultad de Medicina.
En 1859 ofreció sus servicios al ejército y es nombrado cirujano principal del ejército en campaña. Organiza los hospitales, los carros de sanidad y los botiquines.
El 23 de octubre de 1859, en la batalla de Cepeda, atiende a los soldados heridos de ambas vanguardias. Mientras cumplí­a su tarea recibe un lanzazo que lo hiere de gravedad. En 1861, ya repuesto vuelve a la lucha. Es nombrado Jefe de ambulancias y Senador por la Capital.
Cuando estalló la guerra del Paraguay, con 70 años, se alista junto con sus hijos y es nombrado único director de los hospitales instalados en Corrientes.
Como todos los precursores que estudian los hechos, buscando y descubriendo la verdad, como lo habí­a hecho su gran predecesor Azara en sus formas primitivas, fue maestro de si mismoinventando sus métodos de investigación y clasificación, para lo cual estudiaba en el gran libro de la naturaleza, cuyos documentos leí­a e interpretaba directamente, desenterrándolos de los terrenos cuaternarios.
Su biografí­a fue publicada por el más fecundo y discutido de los escritores argentinos de la época, Domingo Faustino Sarmiento, lo que representó una gran honra.
Difundió los estudios sobre la vacuna indí­gena, de medicina legal, de paleontologí­a argentina, vocabularios y americanismos, entre otras obras eruditas. Todas fueron debidamente elogiadas por los hombres de ciencia argentinos y extranjeros.
Como médico llevó su auxilio a todas las partes que lo requieresen. Como cientí­fico publicó innumerables trabajos como lo prueba su constante correspondencia con Carlos Darwin, Aimé Bonpland y Karl Burmeister.
El notable estudio sobre "El ñandú o avestruz americano" mereció un conceptuoso elogio de Florentino Ameghino.
Como coronación de su vida y llevado por su amor al deber y a la humanidad, murió como mártir en medio del flagelo de la fiebre amarilla. Muñiz se encontraba descansando en su quinta de Morón, alejado del mal, y decidió volver a Buenos Aires a ocupar su puesto en el combate. Atendió solí­citamente a centenares de enfermos, contrajo la enfermedad, y falleció el 8 de abril de 1871.
Dr. Mario Javier Muñiz
Nota de la redacción:
La vida de este cientí­fico, por lo que significó para nuestro paí­s, no está debidamente reconocida, ni por los historiadores, ni por la medicina. Fueron 64 años los que le ofreció a la Patria. En las fotos aparece el retrato pintado por Eugenia Belí­n Sarmiento, nieta de Sarmiento.
Esta nota, escrita por un tataranieto del sabio, refleja en un pincelazo la vida del sabio.
Mario Javier Muñiz, el autor de esta nota, es un conocido médico del medio profesional con quien nos une una amistad de 40 años, que quiero destacar porque con ella me honro.
"Quedan muchas anécdotas e historias, dijo Muñiz, que deberí­an ser plasmadas en un libro".
En el libro del que soy autor, "Veinticinco de Mayo. Enhebrando recuerdos (una crónica costumbrista e histórica de mi pueblo), editado en Buenos Aires en 1998 por Editorial Dunken (agotado), en la página 38 aparece la descripción un hecho de trascendencia, que trasunta un dramatismo muy especial; se pone de manifiesto su rigorismo cientí­fico, al lamentarse de no haber podido precisar con instrumentos adecuados el fenómeno geológico.
Dice así­:
El terremoto del 45, en los pagos del Veinticinco
El terremoto ocurrido el 19 de octubre de 1845 a las cuatro de la tarde, fue explicado por el cientí­fico argentino Dr. Francisco Javier Muñiz en "La Gaceta Mercantil" de Buenos Aires del 26 de febrero de 1846, como de una magnitud inusual por la repercusión que tuvo. "Ese dí­a, estando la atmósfera serena, el cielo despejado, elevada la temperatura, se hizo sentir repentinamente en una lí­nea observada desde la laguna del Socorro, seis leguas al Oeste del Salado, y siete a ocho del cantón militar Mulitas (posteriormente Veinticinco de Mayo) hasta el promedio de los partidos lindantes de Lobos y Navarro, un ruido subterráneo asimilable a la ruptura de una nube que uniforme en estrépito, se propagara en trueno prolongado de Este a Oeste, y perdiera al fin, su decreciente estallido de una remota lontananza. Varios peones de las provincias, acostumbrados a los temblores, recogí­an el ganado en el establecimiento del capitán don Miguel Casal, sito en las Encadenadas, cuatro leguas al oeste del Salado y cinco a seis de Mulitas, donde también fue perceptible el traquido. Todos los testigos aseguraron que la tierra tembló sensiblemente. Los caballos que montaban, sobrecogidos de susto, como avisados del inminente peligro, hicieron esfuerzos supremos para huir. Entraron en viva agitación e hicieron movimientos violentos para escapar. El ganado se dispersó a la carrera. Los redomones, atados a los palenques, cortaron los cabestros y dispararon al campo. El trueno duró diez minutos con la misma intensidad, disminuyendo gradualmente, terminando a los quince con un zumbido parecido al sonido de un trompo". Muñiz hizo un completo y minucioso estudio de este fenómeno, y lo describió de una manera tan perfecta como sólo pueden hacerlo los privilegiados. Tal es así­ que se lamentaba: "Es ciertamente sensible no haber observado el barómetro ni la aguja sobre el espacio resonante".
Enrique M. Otharán
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