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  • Editor Enrique M. Otharán
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Biografías de médicos

Dr. Carlos J. Finlay

Actualizado el 03.12.2011.

Carlos J. Finlay nació en la ciudad de Camagüey el 3 de diciembre de 1833, fruto del matrimonio integrado por el doctor Edward Finlay, natural de Escocia, médico graduado de las Universidades de La Habana y Lima, y de Elizabeth de Barrés, nacida en Puerto España, Trinidad Tobago.
Hizo sus estudios secundarios en Rouen, Francia y se graduó de Doctor en Medicina en 1855 en el Jefferson Medical College de Filadelfia. Incorporó su título a la Universidad de La Habana en 1857.
Fue miembro de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales y el Secretario de su Sección de Ciencias. En esta corporación ocupo muchos cargos y recibió varias distinciones y honores por su trabajo científico.
En 1881 dio a conocer en la Conferencia Sanitaria Internacional de Washington su teoría sobre el contagio de enfermedades, con la cual resolvió de manera admirable las pugnas y contradicciones entre los defensores del contagionismo y del anticontagionismo.
Allí se refirió a la existencia de una corriente demostrable cientificamente, diferente al contagionismo y al anticontagionismo, y basada en la transmisión de enfermedades de un individuo enfermo a otro sano por conducto de vectores biológicos.

Mediante la aplicación de esta teoría a la propagación de la fiebre amarilla, descubrió que el mosquito Aedes aegypti era el único agente capaz de transmitirla.

Finlay creó el método experimental de producir formas atenuadas de la fiebre amarilla en los seres humanos, lo que no sólo le permitió comprobar la veracidad de sus concepciones y descubrimientos, sino también iniciar el estudio de los mecanismos inmunológicos de las enfermedades infecto contagiosas.
Formuló las reglas básicas para la erradicación del mosquito, con lo que dio inicio al método sanitario-social conocido como lucha antivectorial que aún se practica.
Finlay fue un científico integral pues, a su trascendental obra en relación con la fiebre amarilla, unió su dedicación al estudio de otras dolencias como la lepra, las enfermedades de la visión, la malaria, el beriberi, la corea, la tuberculosis y el absceso hepático.

Matrimonio Finlay

El microscopio de Finlay

Casa de Vedado

Fue él incluso quien primero descubrió la existencia en Cuba de enfermedades como el bocio exoftálmico, la filariasis y la triquinosis; se adelantó a Carl von Rokitansky en la afirmación del origen hídrico del cólera y su observación sobre el tétanos infantil posibilitó hacer descender la mortalidad por dicha causa.
Su gran contribución para liberar al género humano de los terribles estragos de la fiebre amarilla y erradicar otras enfermedades, lo convirtieron en benefactor de la humanidad.
Tras haber fundado y dirigido la organización de la salud pública cubana en los inicios del período republicano en Cuba, falleció en La Habana el 20 de agosto de 1915, a la edad de 82 años.
En el aniversario 170 de su natalicio, el nombre de Carlos J. Finlay permanece vigente, en virtud de los nuevos cauces que abrió al desarrollo de la Biología, la Medicina Tropical, la Epidemiología y la Entomología.

Finlay y el día de la Medicina Americana
Si América fijara un día para rememorar la grandeza de su medicina, para festejar la gloria de sus descubrimientos científicos, ese día debiera ser, sin duda alguna, el 3 de diciembre.
Las religiones conmemoran el natalicio de sus profetas; la ciencia debe celebrar el nacimiento de sus maestros. De la genial constelación americana, Finlay es el refulgente sol, y el 3 de diciembre de 1833 respiró por vez primera, en el legendario Camagüey, el hálito del vómito negro; la fatídica fiebre amarilla, que arrasaba las vidas de los hombres como la tormenta las espigas del trigal.
Media centuria después lanzaba a la faz del mundo su magistral teoría "El mosquito considerado como agente de transmisión de la fiebre amarilla" en la memorable sesión que la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana celebrara en 14 de agosto de 1881. ¡Fecha trascendental! Ese día no sólo vislumbró brillantes horizontes la medicina tropical, sino que marcó nuevos derroteros a la política americana. ¡Quizá Finlay, sin presumirlo, unió las aguas del Pacífico y del Atlántico...!
Finlay no fue el empírico emitiendo una teoría más menos ingeniosa, un postulado con cierta originalidad. Finlay genial, sabio, clarividente, fue creador de una doctrina, de un verdadero sistema que tenía que culminar en un resonante triunfo, porque su edificación estaba sólidamente cimentada en los fundamentos de la observación y de la experiencia.
Cuando Finlay lanzó su teoría recibió como respuesta la burlona sonrisa de la incredulidad y los dardos ponzoñosos de la envidia. Mas el hombre del mosquito como le llamaban irónicamente, humilde y llano como la tierra que lo vio nacer, tenía una constancia digna de un benedictino y, haciendo caso omiso de las burlas que a diario recibiera, perseveró hora tras hora, hasta lograr en el transcurso de los años ver demostrada su teoría, aceptada su doctrina y su nombre merecidamente en el pináculo de la gloria, porque "los nombres de los sabios que son fama de la vida, se graban en los ámbitos del cielo con buril de diamantes."
Ya no reían los incrédulos. Convencidos, respetaban y admiraban al Maestro. Quedaron los detractores, sin embargo, laborando arteramente para disminuir los astrales resplandores del médico cubano. Los celos científicos crecen, se arraigan y "cuando un hombre se levanta sobre todos los hombres de su época -usando las frases vibrantes de Chao- van tras él los espíritus mezquinos como suben tras el sol del invierno los vapores de la tierra misma que ilumina, a empañar su brillantez."
Los años han pasado. Han disminuido los intereses que impulsaban pasiones. El juicio sereno y la crítica severa han hecho que el sol del finlaismo brille en todo su esplendor. Finlay es la figura más sobresaliente de la medicina americana.
Su memoria debe ser venerada no sólo por nosotros, sino por todos los habitantes del último rincón del Universo, y su efigie en graníticos caracteres lapidada en el monumento de la historia; pues gracias a los laboriosos trabajos de aquel virtuoso anciano, la humanidad puede evitar el terrible flagelo del vómito negro; la tétrica fiebre de Siam, a la que los pueblos, inermes para combatirla, rendían constante y mortífero tributo.
Repetimos, pues, que si en América se fijara un día para conmemorar sus descubrimientos científicos, por unanimidad, debiera elegir el 3 de diciembre, y entonces el próximo 1933 sería el centenario del nacimiento de Finlay y el nacimiento del Día de la Medicina Americana.
Horacio Abascal

Dr. Enrique Beldarraín y Lic. José A. López
http://carlosjfinlay.sld.cu/biografia.htm
Nota de la Redacción:
Por primera vez incluimos en nuestra sección Biografías de médicos a un médico extranjero. Pero la inmensa dimensión de Finlay nos obliga moralmente a hacerlo.
Nuestro agradecimiento al médico cubano Dr. Enrique Beldarrain por habernos permitido generosamente transcribir la biografía del insigne Carlos Finlay y reproducir las fotografías.

Su opinión
edicionesmedicas@edicionesmedicas.com.ar


Ultima actualizacion: domingo 5 de febrero de 2012, 10:08 am