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Mis vivencias de sorda
Un relato de
Ema Blanco
Publicado el 11.01.2005.
Me llamo Ema y soy hipoacúsica como secuela de una meningitis, desde los cinco años. En el transcurso del texto voy a poner que soy sorda pues me identifico más. Es decir, hace mucho tiempo que soy sorda.
Como es costumbre mi médico siempre me pregunta sobre mi vida -reconozco que es preguntón- y siempre le cuento situaciones vividas, los sinsabores que produce ser sorda ya que es una discapacidad que no se ve, ya que hasta los audífonos son pequeños e invisibles.
Cualquier discapacidad o por más pequeña que sea lo que nos molesta de nuestro cuerpo produce dolor, pero a ese dolor hay que respetarlo, por más pequeño que fuere, es de cada uno: siempre digo la discapacidad duele, pero la sociedad duele mucho más.
Voy a explicar que soy una sorda muy oralizada, no es lo mismo nacer sordo, que quedarse sordo a los cinco años, porque conocí el sonido, lo que es la palabra. Eso ayuda mucho en la rehabilitación.
Tuve la suerte de pertenecer a una gran familia que se ocupó mucho de mí. Mi mundo siempre fue el de los oyentes, fui a la primaria y secundaria común, a pesar que en esa época no existía la posibilidad de mezclar a los chicos "normales" con los discapacitados.
Recuerdo que muchos no querían hablar conmigo porque tenía una voz distinta y en la actualidad, que ironía, muchas veces me preguntan si soy "extranjera".
Se preguntarán los lectores como logré conseguir vacante en una escuela común. Mi médico otorrinolaringólogo era el Dr. Badaracco (padre), un excelente profesional y mejor persona aún. Por un test de madurez que me practicaron en ese momento se concluyó que era más madura de la edad que tenía. Entonces Badaracco y la Fga. Beatriz Lascano (mi ídolo de toda la vida), lucharon para que sea aceptada en una escuela común.
Les cuento, yo vivía en una colonia de vacaciones donde iban chicos de distintas villas de emergencia, con ellos jamás había tenido problemas para relacionarme, si no me entendían no les importaba porque ellos intuían lo que quería, si me tenían que golpear o patear lo hacían, a pesar de mi corta edad yo presentía, veía... (la vista es todo, absolutamente todo, en un sordo), que ellos también sufrían. Por ejemplo me contaban que en la vivienda que tenían, convivían hasta siete personas juntas en una sola habitación; sus papás generalmente eran alcohólicos, sus mamás ejercían la prostitución y llevaban los clientes a la casa y no les alcanzaba la comida: en tres palabras violencia familiar y social .
Sola, muy sola, empecé a sentir un profundo respeto por su dolor, ellos eran pequeños como yo, oyentes, pero también sufrían.
Ayyy... que tremenda experiencia tuve cuando fui por primera vez al colegio común con niños de familias supuestamente bien constituídas y decentes, cuanta soledad y violencia sentí por primera vez esa sensación tan cruel tan, tan ...-no existen palabras, solamente sentimiento- ¡era discriminación...!
Pero en la vida todo suma, y terminé la primaria.
La etapa del colegio secundario fue difícil porque había muchas profesoras muy conservadoras que consideraban que no debían perder tiempo conmigo. Cualquier equivocación era transmitida a la dirección para pedir que me envíen a un colegio especializado.
Recuerdo en este momento una de las tantas anécdotas que viví: estábamos en la clase de castellano y la profesora -se me escapó su nombre de mi memoria- llamaba a mis compañeras para que pasen a dar la lección. Ninguna había estudiado o sea que les ponía, a todas, un uno; yo no me salvé de la situación, me llamó, tampoco había estudiado y, lógicamente, la nota fue uno. Pero como siempre "me privilegiaba", comentó en la dirección que yo no había estudiado, y la directora me llamó para preguntarme que ocurría que no había estudiado...Yo le respondí, Sra. Directora, ¿por qué no pide la libreta de notas de la profesora que quiero mostrarle algo? Cuando tuvo el documento en sus manos le comenté: fíjese cuantos unos puso a mis compañeras que son oyentes ¿por qué mi nota es distinta si todas tenemos un uno?
Se preguntarán como se me ocurrió, pero en realidad no lo sé, realmente nunca lo supe. A partir de ese momento la directora, que reconoció mis derechos, no permitió que le vayan con cuentos. Ya estaba en tercer año. Pasaron los dos años que faltaban y en el último aparecí, orgullosa, en el cuadro de honor, y obtuve mi título de Perito Mercantil.
No vale la pena contar otras anécdotas escolares.
Pensé que con ese logro todo iba a ser más fácil ¡que ingenua!
Comencé a buscar trabajo y vi que solicitaban empleadas que pudieran realizar todos los quehaceres de la oficina. Superaba los test psicotécnicos, las pruebas de oficina, hasta que al final les decía que no podía atender el teléfono. Ahí se terminaba todo ¡Pobres!
No sabían como disculparse o mejor dicho decirme que no servía. Recuerdo que por una conocida de mi padre, me enteré que en Bunge y Born buscaban gente para trabajos administrativos, me presenté ante varias personas. Había llenado una planilla con los datos personales, superado pruebas de conocimiento general, redacción, ortografía y otras exigencias más de aquella época. Tenía que esperar, porque los que aprobaban eran llamados. Y me llamaron. Me comentaron por teléfono que había sacado el mayor puntaje, me citaron para una entrevista con el Jefe de Personal, un hombre muy correcto y solemne. Ante su personalidad me puse nerviosa: él se movía por toda la oficina. Por supuesto no le entendí una palabra al no poder leer los labios. Se sentó en el escritorio y en un momento me miró y me preguntó por que no le contestaba. Le respondí que era sorda. No se pueden imaginar con que velocidad guardó en un cajón todos los papeles con mis datos y pruebas. Con toda seriedad me dijo que "la empresa por reglamento no aceptaba gente con discapacidades de ningún tipo". Y yo le refuté -con la vehemencia de mis 20 años- diciéndole que había obtenido mayor puntaje que los "normales" que estaban conmigo. No, grité, yo les gané...
Con una frialdad incomprensible contestó: "yo no soy el que hace los reglamentos, simplemente los cumplo y no se alteran".
¡Cómo les puedo decir en que condiciones salí -no recuerdo como llegué a mi casa-, por varios días si se caía el techo de mi casa yo no me corría. ¡Qué desesperación! ¡pobre mi familia!
Pasó el tiempo y conseguí un trabajo en la Mutualidad Argentina de Sordos, hoy de Hipoacúsicos; luego trabajé en una empresa constructora que ya no existe, después con un contador, y luego de más de un año sin trabajo pude ingresar en la Municipalidad.
Trabajé y sigo trabajando en el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Soy empleada administrativa con un cargo bajo, D2, siempre me dicen que soy muy capaz, lástima que cuando llega el momento de modificar las estructuras administrativa nunca estoy...
También tengo otras perlitas en la vida cotidiana. Recuerdo que hace muchos años, el conocido periodista Julio Lagos tenía un programa televisivo a la noche en el cual, por primera vez se mostraba por medio de una fonoaudióloga que haciendo primeros planos modulaba y hablaba pausado y se le podían leer los labios y a la vez pasaban las imágenes. Era como un pequeño noticiero semanal y en un programa tuvo la brillante idea de decir que los sordos no leen los diarios. Mi hermana gemela Liliana, que es oyente, averiguó como me podía conectar con ella. Estando en el programa, fui a visitarla y hablé con Julio Lagos. Él, pobre, que no entendía nada, estaba contento con su "novedad" en el programa Cuando me enfrenté con la fonoaudióloga le pregunté porque en cámara se atrevió a decir algo semejante, si no había pensado en el daño que le podía provocar a los padres que tenían hijos sordos y desmoralizalos. La conversación, si bien breve, fue bastante molesta. Ante mis argumentos respondió: "la mayoría aplasta a la minoría...". Todos los presentes prestaban atención, no sé, no sé que pasó, pero al poco tiempo no estaba más en el programa.
Aclaro, si no se dieron cuenta, que tengo mucho carácter; siempre me sostuve sola. Como se defiende uno mismo no se defiende nadie.
Una vez llevé unos libros contables a rubricar; cuando me tocó el turno, el empleado no modulaba bien, le dije que como soy sorda que moviera y gesticulara más con la boca (debería haber dicho labios), y me preguntó que más podía hacer con la boca. Cuando me enojo aparento estar muy tranquila, pero soy peligrosa: me aproximé y le pregunté quien es su jefe. Por supuesto no me lo quería decir porque había mucho público; se lo pregunté otra vez y no me contestó. Me puse de pie al lado del escritorio y en voz muy alta empecé a preguntar ¿quién es el jefe de este mal educado? Casi a los gritos. ¿Se imaginan? vino corriendo. Querían arreglar la situación diciéndome que fue una broma, pero yo tenía mis argumentos. El público había comenzado a opinar y murmurar. Todo terminó en ese momento, pues el trámite que tardaba 48 horas, a mí me lo hicieron en el momento y me fui con la satisfacción que ese empleado jamás se va a hacer el bromista. Como beneficio adicional, además, la mayoría de la gente aprendió como debe manejarse con un sordo, a pesar de haber vivido un episodio de tan mal gusto.
Reconozco que la sociedad aún tiene prejuicios respecto a las discapacidades, cuando voy al médico o análisis le pido a las secretarias, que escriban en los papeles, bien grande, que soy sorda así no me llaman dentro del consultorio o cabina, generalmente prefieren titubean mucho siempre me dicen: mejor te avisamos, es que les parece violento, pero yo les digo: mirá que soy una sorda asumida y es mi realidad.
Han pasado los años y yo siempre quise ser maestra. Me gusta enseñar. Me explicaron que al no oir no podía enseñar, ni siquiera a chicos sordos.
Un buen día mirando televisión presentaron a una profesora de sordos con título. Me estremecí... había buscado tanto... nuevamente mi hermana se puso en campaña para conectarme con la profesora, cuando la conozco me explicó, el título que ella poseía es de México. Por medio de ella, por primera vez me invitaron a estar con un grupo de sordos oralizados. ¡Dios mío! fue una experiencia bastante enriquecedora, nunca había estado con sordos. No podía creer, cuando hablaban de sus vidas y como sufrían ellos, pensaban que era difícil que sufran tanto los demás.
Yo les decía, si los que no tienen discapacidades también sufren tanto como nosotros, ellos tienen miserias, miedos, carencias, depresiones ¡ellos sufren! ¿que ocurrió? me echaron del grupo. Como verán no sabía que existía la comunidad sorda.
En el año 2003 una compañera de trabajo que tiene un hermano sordo, me manifestó que estaba haciendo un curso de señas (Lengua de Señas Argentinas) en una repartición del Gobierno de la Ciudad. Tomé nota del comentario, me interesó y me llamó la atención saber que es un idioma. Siempre había visto "señar" a los sordos cuando pasaba por un banco o, rara vez, en un colectivo.
En marzo de 2004 comencé el curso terciario de Intérprete de Lengua de Señas Argentinas.
En realidad me cuesta mucho aprender las señas. Una vez me dijeron, "en la comunidad sorda vas a ser discriminada porque para ellos eres oyente, pero para la comunidad oyente eres sorda".
Nadie me explica donde me corresponde estar...
El terciario lo llevo adelante por mi asignatura pendiente: "enseñar", más allá que la comunidad sorda es inmensa, he descubierto tantas cosas que desconocía en "mi mundo".
Por ejemplo, ellos no leen textos muy extensos porque no entienden por ser sordos -algo incomprensible para mí-, si son sordos para que usar audífono si su naturaleza es no oír.
Prefieren formar pareja con sordos: dicen que las parejas formadas por un sordo y un oyente no funcionan por sus diferentes culturas, lo que me resulta muy extraño desde el momento que funcionan los sentimientos y no las culturas. Cuando chatean por internet solamente lo hacen con sordos. Cada vez estoy más convencida, que no hay nada mejor para un discapacitado cualquiera fuere su discapacidad, que mezclarse , mezclarse , mezclarse significa lograr la aceptación de todas, absolutamente todas las comunidades.
Ema Blanco
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